📅 20 de agosto de 2026
¿Qué significa esto?
Aquellos que crecimos en los años 90 sabemos que septiembre olía a cuaderno nuevo y a lápiz recién afilado, pero había un ritual que superaba a todos: forrar los libros con papel de estraza. No era un simple adorno; era un rito de paso que se celebraba en cada cocina española, en ciudades como Zaragoza o Sevilla, con la mesa camilla despejada y la radio de fondo sonando a Los Planetas o a la última canción de Alejandro Sanz. En 1997, el pan de molde Bimbo costaba 195 pesetas, una cifra que hoy parece irrisoria, pero que entonces representaba un pequeño lujo para el desayuno de media mañana. Y en ese mismo ambiente, el papel de estraza —ese que comprabas por metros en el mercadillo del barrio, como el de la Plaza de Cascorro en Madrid o el de la Boquería en Barcelona— se convertía en la armadura de tus libros de texto. El olor a cola blanca, esa pasta espesa que se aplicaba con el dedo y dejaba una capa brillante, y el corte perfecto con la tijera de punta redonda, que obligaba a medir y doblar con paciencia, eran el preámbulo de un curso que prometía historias nuevas. Hoy, las fundas de plástico de colores han sustituido ese papel marrón, pero lo que se perdió no fue solo el material, sino el tiempo compartido: ese momento en el que un padre o una madre te enseñaba a doblar las esquinas para que no se rompieran, mientras te hablaba de su propio colegio. Ese gesto no era un simple envoltorio; era una declaración de intenciones: "este curso, lo cuidamos".
La ciencia (o historia) detrás
El forrado de libros con papel de estraza no fue una moda casual; tiene raíces económicas y pedagógicas profundas. Según un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid sobre cultura material escolar, el uso del papel de estraza se popularizó en España durante la posguerra, cuando los cuadernos y libros eran bienes escasos que debían durar el mayor tiempo posible. El papel, fabricado con fibras recicladas de sacos de harina o cemento, tenía una textura rugosa que resistía el roce y las manchas de tinta. Además, la cola blanca, conocida como "cola de carpintero" por su origen, no solo sellaba las esquinas, sino que creaba una capa protectora contra la humedad típica de las aulas sin calefacción. Los pedagogos de la época, como los de la Institución Libre de Enseñanza, defendían que el acto de forrar fomentaba la responsabilidad: el alumno que forra su libro asume que ese objeto le pertenece y que debe devolverlo en buen estado. En los años 90, con la llegada de la LOGSE, los libros de texto se entregaban gratuitamente en muchos colegios públicos de Andalucía y Cataluña, y forrarlos era obligatorio para que los siguientes cursos pudieran reutilizarlos. Esa práctica convirtió el forrado en una actividad casi artesanal, donde cada familia desarrollaba su propia técnica: algunos usaban periódicos viejos como refuerzo interior, otros añadían cinta adhesiva transparente en los lomos, y los más habilidosos lograban pliegues impecables sin una sola burbuja de aire. El recuerdo no es solo nostálgico; es la evidencia de un sistema que valoraba la conservación frente al consumo rápido.
Cómo aplicarlo en tu día a día
Si quieres recuperar ese espíritu de septiembre sin renunciar a la comodidad moderna, puedes empezar por personalizar tus objetos cotidianos con un toque "a la vieja usanza". Primero, busca papel de estraza auténtico en papelerías de barrio, como las que aún existen en el Rastro de Madrid o en la calle Pelayo de Valencia; suelen venderlo por kilos y es increíblemente barato. Úsalo para forrar cuadernos de notas, agendas o incluso las tapas de tus libros de lectura favoritos; no solo protegerás el papel, sino que le darás un acabado rústico que queda genial en cualquier estantería. Segundo, rescata la cola blanca de toda la vida en lugar de cintas adhesivas plásticas: aplica una capa fina con un pincel o con el dedo, extiende el papel y alisa con una regla para eliminar burbujas. Este proceso, que apenas te llevará diez minutos, tiene un efecto casi meditativo y te conectará con esa calma previa al caos académico o laboral. Tercero, convierte el forrado en un ritual social: propón a tus hijos, sobrinos o amigos hacer una tarde de "forro colectivo" en casa, con música de los 90 de fondo y alguna merienda de pan Bimbo con nocilla. Verás que, al igual que en 1997, el olor a cola blanca se mezcla con las risas y crea un recuerdo que ellos también atesorarán. Y cuarto, cuando termines, escribe en la esquina inferior derecha del forro tu nombre y el curso, igual que hacías en el colegio; ese pequeño gesto te recordará que las cosas se cuidan, y que el esfuerzo manual tiene un valor que ninguna funda prefabricada puede igualar.
Conclusión
En TipDía creemos que la nostalgia no es una huida al pasado, sino una herramienta para entender lo que valoramos de verdad. Aquel papel de estraza y aquel pan de molde no volverán tal cual, pero sí puedes recuperar la paciencia, el cuidado y la creatividad que ponías en cada pliegue. Cada septiembre es una oportunidad para rediseñar tu propio ritual, para ensuciarte las manos con cola blanca y para enseñar a otros que lo hecho a mano, aunque imperfecto, tiene alma. Así que saca las tijeras de punta redonda, busca un rollo de papel marrón y regálate ese momento de calma antes de que arranque el curso. Porque forrar un libro, en el fondo, es forrar una promesa: la de que este año aprenderás, cuidarás y compartirás. Y esa promesa, hoy más que nunca, merece la pena.