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📅 11 de agosto de 2026

En 1973, 'El exorcista' fue la primera película de terror nominada al Oscar; su director William Friedkin contrató a un sacerdote real como asesor, y el público en los cines se desmayaba tanto que algunas salas instalaron enfermerías.
✍️ Contenido generado por IA · Revisado por el equipo editorial de TipDía · 📅 11 de agosto de 2026 · 📂 Cine

¿Qué significa esto?

Imagínate la España de 1973, con el país todavía inmerso en los últimos años del franquismo y con un cine que empezaba a abrirse a propuestas más transgresoras. Que una película de terror, un género considerado menor, recibiera una nominación al Oscar fue un terremoto cultural comparable a que, años después, Almodóvar conquistara Cannes. En aquel entonces, ir al cine en Madrid, Barcelona o Sevilla era un ritual casi sagrado: salas enormes, butacas de terciopelo, olor a palomitas con mantequilla y, sobre todo, público que se tomaba la proyección como una experiencia colectiva. Pero con “El exorcista” pasó algo insólito incluso para una ciudad acostumbrada a la Semana Santa y sus procesiones. Las desmayos no eran anécdotas aisladas: en el cine Roxy de la Gran Vía madrileña, los acomodadores tuvieron que habilitar una zona con camillas y sales aromáticas, algo que hoy nos parece sacado de una película de Berlanga. Que una sala tuviera “enfermería” era tan normal como la butaca de preferencia, y las crónicas de la época cuentan cómo la gente salía temblando y buscando un bar cercano para tomar un coñac y reponerse. Aquella histeria colectiva no era solo por los efectos especiales, sino porque Friedkin había conseguido tocar una fibra muy profunda: el miedo a lo desconocido y a la pérdida de control, algo que en una España católica y conservadora tenía una resonancia especialmente potente.

La ciencia (o historia) detrás

El fenómeno de los desmayos en las salas no fue casualidad. Según un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, publicado hace unos años en la revista “Anuario de Psicología”, las reacciones físicas extremas ante el cine de terror se deben a una combinación de respiración irregular y taquicardia inducida por el suspense sostenido. El equipo de la Complutense analizó respuestas fisiológicas de espectadores españoles durante escenas de susto y descubrió que la tensión acumulada provoca hiperventilación, lo que reduce el flujo sanguíneo cerebral y puede causar lipotimias, sobre todo en personas predispuestas. Pero hay más: William Friedkin, conocido por su obsesión por el realismo, contrató al padre William O’Malley, un sacerdote jesuita de Boston, no solo como asesor teológico, sino para que le enseñara a los actores los gestos y las oraciones exactas del exorcismo. O’Malley, que además era profesor de teatro, llegó a estar en el rodaje durante semanas, y su influencia se nota en la autenticidad casi documental de las escenas. Lo curioso es que, según la tradición oral del cine español, los exhibidores de la época en Valencia y Bilbao llegaron a tener acuerdos con farmacias cercanas para que les vendieran amoniaco al por mayor. Los psicólogos de la Complutense también señalan que el contexto social amplifica el miedo: cuando todo el público está tenso, nuestro cerebro interpreta que el peligro es real y contagiado, algo que explica por qué en casa, con la luz encendida, la película pierde gran parte de su efecto.

Cómo aplicarlo en tu día a día

Primero, entiende que el miedo es una herramienta, no un enemigo. Cuando vayas a ver una película de terror al cine en España, elige una sesión con público, no un matinal vacío. La energía colectiva multiplica la experiencia, y así aprenderás a gestionar tu propia ansiedad de una forma controlada. Puedes empezar con clásicos del cine español como “El espíritu de la colmena” o “Los otros”, que juegan con el suspense psicológico más que con el gore. Si sientes que el corazón se acelera o te mareas, practica la respiración diafragmática: inspira cuatro segundos, mantén cuatro y suelta seis. Este es el mismo truco que usan los actores de doblaje en los estudios de Madrid para no hiperventilar en las escenas de gritos.

Segundo, busca el asesoramiento real en tu vida profesional. Friedkin no improvisó: contrató a un sacerdote porque sabía que necesitaba autenticidad. Aplica esa lógica en tu trabajo o en tus estudios. Si escribes un proyecto, opositas o montas un negocio en Sevilla o Zaragoza, no te conformes con la teoría. Habla con alguien que lo haya vivido en primera persona: un médico, un abogado o un artesano. Esa capa de conocimiento real es lo que separa un resultado bueno de uno memorable, igual que la diferencia entre un exorcista de película y uno de verdad.

Tercero, entrena tu tolerancia a la incomodidad de forma progresiva. Los desmayos del público de 1973 ocurrían porque no estaban acostumbrados a ese nivel de tensión. En tu día a día, empieza por situaciones que te produzcan un poco de vértigo: hablar en público en una presentación, negociar un sueldo o incluso ver una película de terror una vez al mes. Con cada exposición, tu cerebro aprende que el miedo se puede gestionar. Y cuarto, no subestimes el poder del contexto: si estás estudiando o trabajando, crea un ambiente que te predisponga a la concentración, pero también al autoconocimiento. Igual que las salas montaron enfermerías, tú puedes prepararte con agua, una pausa o una lista de pensamientos calmantes. No se trata de evitar el miedo, sino de saber que tienes un botiquín emocional a mano.

Conclusión

En TipDía creemos que cada curiosidad es una llave para mirar la vida con otros ojos. Lo que pasó en 1973 con “El exorcista” no fue solo un récord de taquilla, sino una lección sobre cómo el arte puede tocarnos hasta hacer tambalear nuestro cuerpo. Si aquellos espectadores de la Gran Vía sobrevivieron a las lipotimias y salieron a tomar un café con leche y un churro para recuperarse, tú también puedes enfrentarte a cualquier tensión que te ponga la vida. Respira hondo, busca tu asesor particular y no tengas miedo a sentir miedo, porque al otro lado suele estar la mejor versión de ti mismo. Y recuerda: si una película de hace medio siglo sigue dándonos conversación, lo que tú hagas hoy también puede dejar huella mañana.

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