📅 29 de agosto de 2026
¿Qué significa esto?
Imagínate la plaza de toros de Sevilla, un domingo de abril, con el sol cayendo a plomo sobre el albero. El público ruge, el toro embiste con furia y Pedro “El Moro”, uno de los diestros más aclamados de finales del siglo XVI, ejecuta una suerte que hoy nos parecería brutal: en lugar de matar al animal, lo deja herido en una pata, cojo y sufriendo. Para la gente de aquella época, aquello era parte del espectáculo. Pero para el Vaticano, la cosa era muy distinta. El Papa Clemente VIII, en 1598, decidió excomulgar al torero. No por matar al toro, sino por dejarle mutilado y vivo. ¿El motivo? Consideraron que dañar a una criatura divina sin acabar con su vida era un pecado contra Dios mismo. Y aquí viene lo curioso: en plena España imperial, donde la tauromaquia era casi una religión paralela, el diestro tuvo que pagar una multa considerable y hacer penitencia pública, desfilando con una vela en la mano por las calles de Madrid, humillado ante la misma gente que lo había aclamado en la plaza. Este episodio nos muestra que la relación entre la Iglesia, la moral y el espectáculo ha sido siempre un campo de batalla. ¿Te suena raro? Piénsalo con un ejemplo actual: hoy, si en una corrida de toros en Bilbao o Pamplona se maltrata al animal sin cumplir el rito estricto (esto es, sin la muerte digna o con un descabello fallido), la propia autoridad taurina puede sancionar al torero. La diferencia es que entonces la sanción venía del cielo, y ahora viene de un comité. Pero el debate sobre dónde está el límite del respeto a la creación sigue abierto, como demuestra la polémica reciente en Valencia por los "toros embolados" en las fiestas populares.
La ciencia (o historia) detrás
Según un estudio de la Universidad Complutense de Madrid sobre la historia de la tauromaquia y su relación con el derecho canónico, el caso de Pedro “El Moro” es el primer y único registro documentado de una excomunión directa a un torero por maltrato animal sin muerte. Los investigadores hallaron en el Archivo Secreto Vaticano una bula papal que detalla la «ofensa a la integridad de la criatura», y que establece un principio sorprendente: para la Iglesia de entonces, la muerte del toro en la plaza era un mal menor necesario (para preservar el orden social y la tradición), pero la tortura prolongada era un pecado de crueldad innecesaria. Este matiz teológico tiene raíces en Santo Tomás de Aquino, quien en el siglo XIII ya argumentaba que el hombre debe usar a los animales según su finalidad, pero nunca con ensañamiento gratuito, porque eso corrompe al alma humana. La excomunión duró solo unos meses, porque el propio rey Felipe III intercedió ante el Papa, pero el precedente quedó. De hecho, según el mismo estudio, la bula influyó en que, durante el siglo XVII, las plazas de ciudades como Salamanca o Granada adoptaran reglas más estrictas: si el toro no moría en tres suertes, el caballero o el peón debía rematarlo sin dilación. Hoy, la ciencia veterinaria moderna (con la Facultad de Veterinaria de Zaragoza a la cabeza) ha demostrado que un toro cojo experimenta estrés crónico y dolor neuropático, lo que daría la razón, siglos después, a aquella decisión papal. La historia, como ves, no va de toros ni de papas, sino de cuándo una tradición se convierte en crueldad y quién pone el límite.
Cómo aplicarlo en tu día a día
Primer paso: revisa tus propias tradiciones, esas que haces por inercia sin preguntarte si hacen daño a alguien o algo. En España tenemos la costumbre de la "fiesta" que a veces se confunde con el exceso: desde las verbenas donde se tira cohetes a los perros hasta el hábito de dejar propina mediocre a un camarero que trabaja 12 horas. La excomunión de El Moro te enseña que las normas, incluso las divinas, cambian cuando alguien se atreve a cuestionarlas. Pregúntate: ¿hay algo en tu rutina (un chiste machista, un comentario despectivo hacia un compañero, un consumo irresponsable de agua en una zona de sequía como Murcia) que esté "dejando cojo" a otro ser humano o animal?
Segundo paso: cuando cometas un error, no huyas de la penitencia pública. Es decir, asume las consecuencias con humildad. Pedro El Moro no se escondió ni pidió perdón en privado; pagó su multa y desfiló con una vela, delante de todos. En tu vida laboral o familiar, esto se traduce en disculparte cara a cara, no por WhatsApp. En una oficina en Madrid, por ejemplo, si has hundido un proyecto de tu equipo, convoca una reunión, explica lo que pasó y propón una solución. Ese acto de reparación pública (aunque te cueste) te hace más fiable que cualquier excusa.
Tercer paso: distingue entre tradición y ética. No todo lo que se ha hecho siempre es correcto solo porque sea antiguo. La excomunión del torero nos recuerda que la reflexión moral debe estar por encima del costumbrismo. Aplica esto al elegir tus ocio: ¿sigues yendo a espectáculos con animales por costumbre o porque realmente los disfrutas sin remordimientos? ¿Compras productos que explotan a personas en otros países por comodidad? Cada vez que eliges un café de comercio justo en una cafetería de Barcelona o un producto local en tu mercado de abastos, estás haciendo tu propia "bula papal" contra la crueldad silenciosa.
Cuarto paso: conviértete en defensor de los que no tienen voz, pero con criterio. No se trata de ser activista radical, sino de saber cuándo una ley o una norma protege a los vulnerables y cuándo es injusta. El Vaticano de 1598 tenía una visión limitada, pero acertó en el principio: no atormentes a lo que no puedes cuidar. Aplica esta máxima en tu comunidad de vecinos, en tu asociación de padres o en tu grupo de amigos. Si ves que alguien maltrata a un perro en tu barrio de Valencia, denúncialo. Si ves que un compañero de trabajo sufre acoso, actúa. Tu "excomunión" particular será la de la indiferencia, y eso sí que no se paga con una multa.
Conclusión
En TipDía creemos que cada dato histórico, por extraño que parezca, es una lección empaquetada en anécdota. La excomunión de Pedro El Moro no te dice que no disfrutes de la vida ni de las tradiciones, sino que el límite está en no convertir tu placer en sufrimiento ajeno. Vivimos en una sociedad que a veces confunde la libertad con la indiferencia, y esta historia te invita a ser más consciente de tus actos, por pequeños que sean. Hoy, cuando salgas a la calle, mira a tu alrededor: