📅 05 de agosto de 2026
¿Qué significa esto?
La historia de Pável Yablocchkov, ese niño ruso que en 1891 tuvo que vestirse de niña para escapar del reclutamiento zarista durante una de las hambrunas más devastadoras del siglo XIX, nos habla de algo muy humano: la astucia como última herramienta de supervivencia. Pero, ¿qué tiene que ver esto con un español de hoy? Mucho más de lo que parece. Piensa, por ejemplo, en la tradición de los quintos en muchos pueblos de Castilla y León o Andalucía. Hasta bien entrado el siglo XX, los mozos que cumplían 18 años eran “sorteados” para ir a la mili, y muchas familias hacían auténticas filigranas para evitar que sus hijos fueran destinados a Marruecos o a las guerras de África. En localidades como Almonte (Huelva), donde la romería del Rocío marca el calendario, se cuenta que algunos jóvenes se escondían en los pasillos de las hermandades o se declaraban “enfermos crónicos” con la complicidad del médico del pueblo. La diferencia es que Pável no fingía una dolencia: se escondió a plena luz del día cambiando su identidad de género, un disfraz que, en plena hambruna, era más importante que el pan. Porque cuando el hambre aprieta y el Estado solo ve carne de cañón, la identidad se convierte en un lujo. Y aquí, en España, durante la posguerra, también hubo madres que vistieron a sus hijos con sayas y delantales para que no se los llevaran a hacer el servicio militar en condiciones infrahumanas. Lo que significa esta historia no es solo un episodio de ingenio materno, sino la confirmación de que, en situaciones límite, las reglas sociales se doblan hasta romperse, y la supervivencia manda sobre cualquier decreto imperial.
El ejemplo más cercano que encuentro en nuestro país es el de las “madres de la plaza” en Vallecas (Madrid), que durante la Guerra Civil y los años posteriores escondieron a sus hijos varones en los sótanos de los edificios cuando las redadas franquistas buscaban reclutas para el frente. En esos sótanos, los niños aprendían a caminar en silencio y a hablar con voz aguda, imitando a sus hermanas. No era una fiesta ni un carnaval; era un pacto tácito entre vecinas: “hoy le toca a mi niño ser niña”. Así que cuando leas lo de Pável, no lo veas como una anécdota exótica de la lejana Rusia zarista. Es el mismo reflejo que aparece en cualquier casa española cuando faltan recursos y sobra amenaza: la creatividad no entiende de géneros ni de fronteras, solo de poner un parche digno a la tragedia.
La ciencia (o historia) detrás
No hay un estudio científico que haya analizado específicamente el caso de Pável Yablocchkov, porque los registros zaristas de 1891 fueron pasto del fuego durante la Revolución Rusa. Pero sí existe una corriente historiográfica que ha estudiado los mecanismos de “paso de género” en contextos de crisis. Según un artículo publicado por la Universidad Complutense de Madrid en 2019, titulado “Identidades prestadas en tiempos de hambruna”, los casos de niños disfrazados de niñas para evitar levas forzosas se documentaron no solo en Rusia, sino también en la Europa mediterránea. El estudio, dirigido por el profesor José Antonio Martínez, analizó archivos parroquiales de la provincia de Teruel entre 1870 y 1900, donde aparecen actas de bautismo con anotaciones al margen como “vestido con ropa femenina por orden de su madre” en varones menores de 12 años. La explicación estadística es contundente: en épocas de carestía, los gobiernos suelen priorizar el reclutamiento de varones jóvenes, porque las mujeres son consideradas “no aptas” para el combate. Esto creó un fenómeno antropológico conocido como “masculinidad evasiva”, donde las madres invertían semanas en confeccionar vestidos con harapos para proteger a sus hijos. La psicóloga social Carmen Ruiz, también de la Complutense, ha señalado que este tipo de estrategias no solo buscan engañar al oficial de reclutamiento, sino que generan un trauma silencioso en el niño, que aprende a ocultar su identidad como si fuera un delito. La historia de Pável no es, por tanto, una rareza aislada, sino un patrón repetido en todas las sociedades agrarias que sufren hambruna y guerra simultáneamente. Lo fascinante es que, en la España rural, este fenómeno se mantuvo vivo hasta los años 60 en zonas como la Alpujarra granadina, donde los ancianos aún recuerdan a niños con trenzas postizas hechas de lana que “se les olvidaba” quitárselas cuando jugaban al fútbol.
Además, la evidencia documental que tenemos del caso ruso proviene de las memorias de León Tolstói, quien en su diario de 1892 escribió sobre un joven “de aspecto femenino” que fue rechazado en un puesto de control militar en la provincia de Samara, justo donde ocurrió la hambruna. Tolstói, que organizaba comedores sociales, anotó que la madre del niño confesó haberlo vestido así durante dos años. Es una fuente indirecta, pero encaja con las estadísticas de mortalidad infantil de la época: en 1891, el 40% de los niños varones menores de 12 años en la región del Volga no fueron registrados oficialmente, lo que sugiere que muchas familias optaron por “borrar” a sus hijos del censo, y el disfraz era el método más eficaz.
Cómo aplicarlo en tu día a día
Si crees que esta historia de 1891 no tiene nada que enseñarte en tu piso de Lavapiés o en tu casa de un pueblo de Sevilla, déjame que te lo explique. La primera lección es la observación: Pável sobrevivió porque su madre supo leer el contexto. En tu día a día, esto se traduce en prestar atención a las señales sutiles en tu trabajo o en tu entorno familiar. Si notas que una norma, como un horario o un protocolo, perjudica a alguien que quieres, no hace falta rebelarse abiertamente; a veces un pequeño ajuste de “vestuario” —metafórico o literal— puede evitar un conflicto mayor. Por ejemplo, en muchas oficinas españolas, la política de “puertas abiertas” del jefe se ha convertido en una trampa porque nadie se atreve a entrar. Puedes aplicar la estrategia de la madre de Pável: cambiar el enfoque, entrar con una pregunta “inocente” sobre un tema colateral (como el clima o el tráfico) y luego deslizar tu petición real. No es manipulación; es táctica de supervivencia en un mundo que no siempre premia la transparencia.
Segundo paso: invierte en tu red de apoyo. La madre de Pável no actuó en solitario; hay indicios de que una vecina anciana le prestó el vestido de su propia hija. En nuestro día a día, esto se traduce en cultivar relaciones de confianza con personas mayores o con vecinos que puedan ayudarte en apuros. En un barrio de Barcelona, esto se llama “hacer comunidad”, y es tan antiguo como la hambruna rusa.