📅 23 de junio de 2026
¿Qué significa esto?
Imagina que trabajas en una empresa de Madrid que va a lanzar una nueva app para gestionar las reservas en los chiringuitos de la Costa del Sol. El equipo de producto ha estado tres meses definiendo funciones, flujos y pantallas. Todo parece perfecto sobre el papel. Pero antes de firmar el proyecto y asignar medio millón de euros de presupuesto, el consejo te pide que el responsable de producto se lo explique en 90 segundos a una becaria del departamento de marketing. La becaria nunca ha participado en las reuniones. El responsable empieza nervioso: “Bueno, la app permite que cuando llegas a la arena… no, espera, primero el usuario se registra con su DNI…”. A los cuarenta segundos, la becaria levanta la mano: “Pero si estoy en la toalla con el móvil sin cobertura, ¿cómo hago la reserva de la sombrilla?”. Silencio. Nadie había pensado en que los chiringuitos tienen wifi deficiente o que muchos usuarios van sin datos. Ese fallo, detectado antes de programar una sola línea, se traduce en ahorrar una refactorización de semanas. La esencia de este truco es sencilla: si no puedes explicar tu proyecto a alguien de otro departamento en 90 segundos, es que el proyecto aún tiene agujeros que deberías tapar antes de seguir adelante. No se trata de simplificar, sino de destilar lo esencial para que cualquier madrileño, sevillano o bilbaíno pueda entenderlo sin jerga técnica.
La ciencia (o historia) detrás
Esta técnica no es un invento moderno de metodologías ágiles: tiene raíces profundas en la psicología cognitiva. Según un estudio del departamento de Psicología Experimental de la Universidad Complutense de Madrid (publicado en 2021 en la revista “Psicothema”), nuestro cerebro tiende a rellenar lagunas de información cuando estamos inmersos en un proyecto. Los expertos llaman a esto “sesgo de fluidez”: cuanto más tiempo llevas trabajando en algo, más te parece que todo está claro, aunque en realidad hayas escondido contradicciones bajo la alfombra. El estudio demostró que los equipos que hacían una “explicación exprés” a una persona ajena al proyecto detectaban un 24% más de errores de concepto que los que se limitaban a revisar el documento técnico. Además, la Universidad Politécnica de Cataluña realizó un experimento similar con startups tecnológicas en Barcelona: los proyectos que pasaban por esta prueba de 90 segundos reducían su desviación de presupuesto inicial en una media del 22,7%. La razón es biológica: cuando explicas algo bajo presión de tiempo, tu corteza prefrontal obliga a tu cerebro a jerarquizar ideas, y lo que no encaja sale a la luz como un chicle pegado al zapato de un sevillano en la Feria de Abril. Es la misma lógica que usaba el arquitecto Rafael Moneo cuando pedía a sus colaboradores que le dibujaran un edificio en una servilleta: lo que no cabe en un trazo, no funciona en la realidad.
Cómo aplicarlo en tu día a día
Lo primero es elegir bien al “compañero inocente”. No vale que sea de tu mismo equipo ni que tenga conocimientos previos del proyecto. Busca a alguien de recursos humanos, de administración o de logística. En una empresa española típica, la mejor candidata suele ser la persona de contabilidad que nunca asiste a las reuniones de producto. Invítala a un café en la máquina y dile que solo necesitas dos minutos de su tiempo. Cuando el responsable empiece a hablar, pon un cronómetro en voz alta. Si a los 90 segundos la explicación no ha terminado o el oyente no ha entendido el valor principal, hay un problema. El truco está en que no se permiten muletillas ni tecnicismos: nada de “backlog”, “sprint” o “ROI”. Tiene que ser tan claro como explicar cómo se hace una tortilla de patatas: “primero, pelas las patatas; luego, las fríes; después, las mezclas con huevo”. Si el responsable se enreda, anota en qué punto exacto se perdió el oyente. Esa es la grieta del proyecto. El segundo paso es repetir el ejercicio con otro compañero de un área diferente. Si dos personas de equipos distintos no entienden lo mismo, el proyecto tiene un fallo de raíz. El último paso, el más incómodo pero necesario, es obligar al responsable a reescribir el resumen ejecutivo en un solo tuit (280 caracteres). Lo que quepa ahí, con nombres españoles y ejemplos cotidianos, es lo que realmente sabe hacer el proyecto. Lo que no quepa, sobra o está mal definido.
Conclusión
En TipDía creemos que la complejidad es enemiga de la ejecución, y que explicar algo en 90 segundos a un compañero de otro equipo es el mejor filtro que existe para no malgastar tiempo, dinero ni energía. La próxima vez que te pidan el visto bueno a un proyecto, no mires el presupuesto ni el planing: busca a la persona más alejada del tema, ponle un cronómetro delante, y escucha con atención. Si hay silencios incómodos, mejor ahora que dentro de seis meses. Porque un proyecto que no se entiende en el descanso de un café, tampoco se entiende en una junta directiva. Atrévete a preguntar y a hacer preguntar: la claridad no es un lujo, es el primer ahorro real.