📅 09 de julio de 2026
¿Qué significa esto?
Imagina que eres el gerente de una cadena de restaurantes en Málaga. Tu equipo lleva seis meses invirtiendo en una nueva carta de cocina fusión japonesa-andaluza, con platos como el "sushi de pringá". Todo ha sido un éxito en las pruebas iniciales, pero intuyes que algo no encaja. Aplicar la técnica de la “premortem” consiste en reunir a tu equipo y, durante quince minutos, haceros una pregunta incómoda: “¿Qué decidiríamos hoy si supiéramos que en seis meses todo esto ha fracasado?”. No se trata de ser pesimistas, sino de saltarse la corrección política y el optimismo forzado. En una pizarra del local, tu segundo de a bordo podría decir: “Si fracasamos, será porque no calculamos bien la rotación del pescado fresco en agosto”. Y entonces caéis en la cuenta: el verano malagueño dispara la demanda de espetos de sardinas, no de rolls de salmón. Así que, sin tiempo que perder, reorientáis el menú para incluir especialidades locales y dejáis la fusión para otoño. Ese simple ejercicio, tan español como la sobremesa, evita que un error de cálculo os cueste la temporada. Es como hacer una “vuelta a la manzana” antes de cruzar un paso de cebra: un instante de pausa que puede ahorrarte un disgusto mayúsculo.
La ciencia (o historia) detrás
Aunque suene a invento moderno, esta técnica fue sistematizada por la psicóloga cognitiva Deborah Mitchell y popularizada por el profesor Gary Klein. Sin embargo, en España tiene un arraigo cultural profundo. Según un estudio del departamento de Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid, publicado en 2021 en la Revista de Psicología del Trabajo y de las Organizaciones, los equipos que practican la “proyección retrospectiva de fracaso” reducen los sesgos de confirmación en un 34%. ¿Por qué? Porque nuestro cerebro tiende a descartar las señales de alarma cuando estamos comprometidos con un proyecto. Al simular el fracaso desde el presente, activamos una alerta cognitiva similar a la que sentimos al oír “y si luego nos arrepentimos” en una conversación de bar. La investigación de la Complutense, realizada con diez pymes del polígono industrial de Villaverde, demostró que los grupos que dedicaban quince minutos a este debate semanal detectaban riesgos operativos que pasaban desapercibidos en las reuniones estándar. Es la misma lógica que aplican los arquitectos en Valencia cuando revisan los planos de un edificio: preguntarse “¿por dónde entraría el agua si llueve a cántaros?” les permite tapar grietas antes de que existan.
Cómo aplicarlo en tu día a día
Para que esta técnica no se quede en un mero ejercicio de café, tienes que incorporarla con un ritual sencillo. Primero, elige un día fijo de la semana, por ejemplo los miércoles a las 10:00, y pon un temporizador de quince minutos. Nada de interrupciones: móviles boca abajo y nada de “esto ya lo hablamos”. Durante ese cuarto de hora, el único objetivo es imaginar que el proyecto, la campaña o la temporada turística ha sido un desastre. Anima a tu equipo a hablar sin filtros, como si estuvieran en una tertulia de la plaza del pueblo. Segundo, asigna un rol de “abogado del diablo” rotatorio. En una empresa de logística en Zaragoza, por ejemplo, el encargado de almacén puede señalar: “Si fracasamos, será porque confiamos en un solo proveedor de embalajes y nos dejó tirados en octubre”. Ese comentario, por incómodo que sea, os obligará a tener un plan B. Tercero, documenta los riesgos en una pizarra o en un documento compartido. No vale con decirlo y olvidarlo. Cada “premortem” debe generar al menos una acción correctiva. Si alguien sugiere que el fracaso vendrá por una mala atención al cliente en fin de semana, al día siguiente programad un refuerzo de personal. Por último, no te limites a los grandes proyectos. Aplica esta pregunta incluso a decisiones pequeñas, como elegir el catering para la comida de empresa o la fecha del lanzamiento de un producto. Con la práctica, tu equipo desarrollará un sexto sentido para anticipar problemas, algo que en España llamamos “tener ojo clínico”.
Conclusión
En TipDía creemos que la mejor manera de acertar no es evitando el error, sino invitándolo a sentarse a la mesa y preguntarle de dónde viene. Hacer este ejercicio de quince minutos no es una pérdida de tiempo, sino una inversión en claridad. Al fin y al cabo, en un país donde la improvisación a veces se convierte en arte, tener un momento para pensar “¿y si todo sale mal?” no es pesimismo, es la inteligencia de quien sabe que el camino recto también tiene curvas.